¿AMOR O CONFUSIÓN? Cuando Cuidar no es lo mismo que humanizar.
- BYMCOMUNICACION ILLY
- 20 abr
- 3 min de lectura
CONSEJOS PARA TU MASCOTAS
Por: Rodrigo Hargreaves A.
Muchas veces me contactan por lo mismo: “Mi perro está ansioso”, “no puede quedarse solo”, “reacciona en la calle”, “no se despega de mi.” Cuando llego al domicilio, no empiezo corrigiendo al perro ni el manejo de sus tutores. Empiezo observando. Y en ese silencio inicial, suele aparecer algo que no siempre es evidente para los tutores. “Perros que no saben esperar porque nunca han tenido que hacerlo”. “Perros que interrumpen constantemente…y siempre obtienen respuesta”. “Perros que se anticipan a cualquier movimiento del humano, en un estado de hiperalerta que parece atencion, pero que en realidad es inseguridad”. Perros que piden, invaden, demandan… y reciben.
Y entonces ocurre algo interesante: muchas de las conductas que los tutores quieres eliminar, están siendo reforzadas a diario, de forma completamente inconsciente. No desde la negligencia.

Desde el afecto. Ahí es donde empieza a dibujarse el problema, porque lo que muchas veces entendemos como cuidado, no siempre coincide con lo que un perro necesita para desarrollarse de forma equilibrada. El cariño por sí solo no construye estabilidad.
Cuando un perro crece sin límites claros, sin espacios de espera, sin la posibilidad de resolver pequeñas situaciones por sí mismo, no desarrolla confianza. Desarrolla dependencia. Y un perro dependiente es, inevitablemente, un perro inseguro. Entonces comienzan a aparecer los síntomas: ansiedad, reactividad, dificultad para quedarse solo, intolerancia a la frustración. No como un problema aislado, sino como la consecuencia de una estructura que no logra sostenerlo. Porque el bienestar real no se basa en evitarle todo malestar al perro. Se basa en prepararlo para el mundo.
Un perro necesita interactuar, sí, pero no solo desde la compañía constante, sino desde la conexión. Desde una comunicación clara, donde no todo es inmediato, donde no todo es automático. Un perro necesita salir a explorar, y eso va mucho más allá de caminar. Necesita oler, detenerse, procesar. El olfato es su principal forma de entender el entorno, y limitarlo de forma constante empobrece profundamente su experiencia. También necesita descubrir, intentar cosas y resolver.
Hay algo que cambia cuando un perro logra por sí mismo alcanzar un objetivo, aunque sea pequeño, porque construye su confianza. Cuando a un perro todo se le entrega antes de que tenga que intentarlo, esa oportunidad se pierde. Y en medio de todo esto, aparecen los límites, no como castigo, sino como estructura. Los límites le permiten entender qué se espera de él, anticiparse, ubicarse en el entorno. La ausencia de límites no genera libertad, genera incertidumbre, Y la incertidumbre sostenida, en muchos casos, termina en ansiedad.
A esto se le suma algo que solemos olvidar con facilidad: los perros no fueron creados únicamente para acompañarnos. Durante miles de años fueron seleccionados para cumplir funciones específicas. Cazar, pastorear, rastrear, proteger. Esa motivación sigue ahí, aunque el contexto haya cambiado. Hoy muchos viven en departamentos, sin una vía clara para canalizar esa energía. Y la energía no desaparece… se transforma. Se transforma en inquietud, en conductas repetitivas, en frustración.

Un perro de caza necesita buscar, un perro de pastoreo necesita controlar movimiento y un perro de trabajo necesita una tarea. No se trata de replicar exactamente su función original, sino de comprender qué lo mueve y ofrecerle una salida adecuada a través del juego, del entrenamiento y de actividades guiadas. Quizás uno de los errores más silenciosos es evitar la frustración, pero la frustración, en su medida justa, no daña. Enseña. Es la base del autocontrol, de la tolerancia, de la capacidad de esperar.
Un perro que nunca se enfrenta a la frustración, díficilmente aprenderá a gestionarla. Y entonces volvemos al inicio, a ese perro que no puede quedarse solo, que reacciona en la calle y que necesita atención constante. Y entendemos que, muchas veces, no es un problema del perro… sino una consecuencia de cómo lo estamos acompañando. Porque amar a un perro no es hacerlo sentir cómodo todo el tiempo, es darle herramientas para enfrentar la vida.
Es permitirle explorar, equivocarse, intentar de nuevo. Es construir en él una seguridad que no dependa completamente de nosotros. Porque el verdadero bienestar no se construye desde la sobreprotección… sino desde la confianza. Y la confianza, como todo lo importante, no se regala… se desarrolla.
Rodrigo Hargreaves
Médico Veterinario
Etólogo Canino
Tiktok/ Instagram: @coachrodrigo_h




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