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Un cuento de amor propio y rugidos verdaderos.

Me quiero


En una colorida selva mexicana vivía una leoncita llamada Juli, la mayor de la manada González. Era una leona firme, curiosa, leal y brillante. Amaba estudiar, rugir con ideas nuevas y cuidar a sus hermanitas como si fueran joyas salvajes. En su manada, todos compartían tareas: cocinar, cazar, limpiar, jugar y protegerse. “Si todos vivimos aquí, todos cuidamos”, repetía su mamá leona, y esa frase ya vivía en los huesos de Juli.

Sus redes favoritas eran los libros y en AnimalBook subía reseñas de sus lecturas, fotos con Sofi -su mejor amiga- y mensajes de aliento. Juli y Sofi eran inseparables: si una rugía, la otra rugía más fuerte. Hasta que una tarde, Sofi la invitó a una fiesta en la selva vecina y todo cambió.


En esa fiesta, Juli conoció a Rodrigo, un león que iba en otra escuela y que era dos años mayor que ella, de colmillos impecables y mirada hipnotizante. Bastaron palabras dulces y unas caminatas bajo las estrellas, para que Juli sintiera algo nuevo. Cuando él le pidió ser su novia, dudó, pero aceptó. Le emocionaban sus mensajes, sus likes, sus atenciones. Aún no se lo contaba a sus papás, Rodrigo le pidió que esperara, y aunque eso le incomodaba, creyó que era parte del amor.


Pero los rugidos de Rodrigo empezaron a cambiar. Un día se molestó porque Daniel, un amigo de Juli, le dio like a una foto en el AnimalBook. Otro día, le pidió sus contraseñas. Luego, le quitó el celular. “Es por tu bien”, le decía, “nadie más debe mirarte como yo lo hago”. Juli se empezó a sentir chiquita, atrapada, confundida.


Sofi notó la tristeza de su amiga y una tarde la encontró llorando sola. Juli confesó lo que pasaba: los celos, el control, los bloqueos en redes y que tenía miedo... En ese instante, Daniel apareció, dolido, acusándola de traición. Juli no entendía nada, hasta que ambas leonas lo comprendieron: Rodrigo había manipulado los mensajes que le llegaron, a nombre de Juli, cuando le quitó su celular.


Con miedo, Juli habló con sus papás. Les contó cada detalle, sin guardar secretos. Su mamá leona le acarició el lomo y le dijo: “Quien te ama, no te esconde. Y mucho menos, te encierra”. Su papá, rugió con fuerza: “Los celos no son amor, son cadenas disfrazadas”. Enfrentaron a Rodrigo, recuperaron el celular de su hija y le exigieron respeto.


Juli, por su parte, acudió con el Doctor León, un especialista que le enseñó a identificar la violencia disfrazada de cariño. Aprendió que el amor no pide contraseñas, no aísla, no hace llorar en silencio y mucho menos debe dar miedo. Volvió a las actividades que tanto le gustaban: a leer, a reír, a publicar con libertad. Recuperó su amistad con Daniel, su complicidad con Sofi y, sobre todo, recuperó su rugido.


Desde entonces, cada vez que alguien intenta apagar su rugido, Juli repite firme, con la melena en alto:“El león cree que todos son de su condición, pero yo ya aprendí a rugir por mí”.


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