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Un amor sin variable, el algoritmo del amor

CUENTOS /PLÁTICAS DE CAFÉ Por: Lisi Esnaurrízar.


Ada ya no lloraba. Codificaba.


Después de agotar los recursos clásicos —terapia enlatada, horóscopos orbitales con promesas de redención, hartar a sus amigas con los mismos loops sentimentales e incluso revisar el historial de chats como si fueran pistas en una novela policial—, le quedó solo una última carta bajo la manga: La ecuación del amor.


Vivía en la Estación Orbital Galileo V desde hacía seis años. Un enjambre de aluminio flotante a 36.000 kilómetros del planeta que la vio nacer… y rendirse.


Desde allá arriba, la Tierra era un holograma azul sin volumen, sin voz. Las estaciones orbitales se habían vuelto refugios para científicos, exiliados emocionales y unos pocos privilegiados con contratos.

No había noches, solo turnos de sombra. No había ventanas, solo pantallas de paisaje con menú emocional: “Amanecer sobre Tíbet”, “Tormenta en Patagonia”,

“Atardecer de Marte (versión romántica)”.


Su labor oficial consistía en diseñar emociones sintéticas para robots con dilemas existenciales. Era un mercado en auge: androides que lloraban con estética, que

soñaban en loops controlados, que decían “te amo” sin entenderlo… pero con voz de ópera. Las emociones eran ahora paquetes descargables: tristeza profunda en formato .zip, nostalgia del siglo XXI, deseo con límites preprogramados.


El amor, al menos en el mercado interplanetario, se vendía como un servicio premium. Y, aun así, nadie lo entendía.


Y entonces lo hizo: Convirtió su duelo en experimento. Un oráculo de silicio capaz de rastrear afectos y traducir lo intangible a patrones de datos.


Trazó una hipótesis absurda: “Si el amor es real, debe

poder medirse.”


Durante años refinó un modelo emocional en el servidor cuántico Eros-7, un núcleo programado para procesar afectos como si fueran vectores. Creó un

algoritmo oracular: Una fórmula para traducir lo intangible. Era elegante, precisa, casi cruel. Diseñada para estimar el nivel de “amor recíproco” en una relación: Tan absurda como tentadora. Su meta: traducir lo que se siente, pero no se dice.


Amor = (frecuencia de recuerdos × intensidad emocional) / (miradas no devueltas + tiempo entre mensajes)


Presentó su algoritmo en el Simposio Interplanetario de Neuroemociones Aplicadas, entre teorías sobre vínculos posthumanos y paneles con hologramas de filósofos de épocas anteriores. Algunos rompieron papeles. Otros, apenas levantaron una ceja. La audiencia murmuró. Algunos rieron. Otros lloraron. La vetaron con la pregunta: ¿Hasta qué punto es ético traducir el amor en datos?.


Ada no esperaba aprobación. Solo comprensión.


Después, probó el sistema consigo misma.


Cargar los recuerdos en la interfaz neural no era tarea menor. El protocolo advertía: “Posibles efectos secundarios: distorsión emocional, amnesia selectiva, dependencia afectiva del resultado.”, pero Ada no temía perder la memoria: lo que dolía era no poder soltarla. Cada vector que inyectaba era una herida revivida, pixel por pixel. Una exposición directa al pasado sin anestesia.


Cargó el sistema con sus recuerdos, mientras su alma se vaciaba:

—El primer beso, bajo una lluvia ácida que ardía más de

lo que mojaba.

—La vez exacta en que él dijo “nosotros” con una voz

que parecía un abrazo sintético.

—Las madrugadas flotando en gravedad cero, donde él

callaba y ella pensaba hasta desgastarse.

—El olor a café instantáneo que él dejaba en su almohada

térmica.

—Los mensajes leídos sin respuesta: pequeñas muertes

digitales

— Los “te amo” con sabor a trámite.

—Y, claro, el instante —hora, minuto y segundo estelar—

del último adiós.


“Necesito pensar”, dijo.Como si pensar fuera una excusa legítima para ausentarse del amor.


Mientras Eros-7 procesaba los datos, Ada se sorprendió recordando: No solo lo que fue. También lo que nunca fue. Él hablaba del futuro en plural, aunque en sus ojos ya vivía la duda. Su forma de tocarla se volvió mecánica, la tocaba con la precisión de un pianista cansado: sin alma, solo partitura. Y luego, tres semanas de nada. Él hablaba del futuro en plural, pero sus ojos eran de quien ya se marcha.


Finalmente, la gráfica apareció en la pantalla holográfica. El algoritmo devolvió como resultado una línea recta. Sin curvas. Sin picos. Una línea perfecta. Plana. Inalterable.

Como un electrocardiograma sin vida. Y por un segundo, Ada creyó estar viendo el suyo.


Finalmente, apareció la gráfica. Una línea recta. Inmóvil. Inalterable: Sin curvas, sin picos, una línea perfecta, plana, inalterable Como un electrocardiograma sin vida.


Ada se quedó mirando en silencio. Toda su vida había estado programada para obtener dieces: en la escuela, en simulaciones, en papers, en precisiones matemáticas y hasta en resiliencia emocional. Jamás se preparó para un cero. Un cero no como ausencia de datos, sino como veredicto.


—¿Error en los datos? —se preguntó, mientras parpadeaba.


Revisó todo: celda por celda, decimal por decimal, cada bit de lo que una vez creyó que era amor. Pero no. No era una falla; era exactitud emocional.


Por un instante, pensó en reiniciar. En alterar alguna variable, como quien reescribe la historia con otro final. Pero no lo hizo. Porque en el fondo, una parte de ella

—esa que ya quería olvidarlo— sabía que la máquina no mentía.


Tal vez el amor solo había existido en su cabeza. Tal vez lo real, lo irrefutable, siempre fue la ausencia. El desgano. La mentira programada.


En el eje emocional, en la última celda del algoritmo, justo donde debía aparecer el valor del amor, emergió el número más exacto de todos: cero. Un resultado que dolía tanto como el día en que supo que él se casaría con otra, en la Tierra.


Ada escribió la conclusión de su experimento y registró una sola entrada en la bitácora científica:

“Resultado: 0.00.

Estado: Confirmado.

Observación: Frío. Lógico. Inhumano. Como él.

Conclusión: El amor, quizás, no se mide.

Pero la ausencia... la ausencia es constante.”


Desde entonces, el algoritmo se comparte en redes ocultas. Algunos usuarios dicen que lo probaron y rompieron en llanto. Otros, que sus parejas dieron resultados bajos y decidieron reiniciar su vida amorosa.


Ada observa sin intervenir. Ya no necesita saber cuánto amó, le basta con saber que hay amores que solo existen en el ruido blanco de una memoria rota.


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