La fragancia sintética de un pasado que nunca fue.
- BYMCOMUNICACION ILLY
- 15 ago 2025
- 4 Min. de lectura
En el año 2491, todo aquello que alguna vez tuvo aroma había sido reducido a datos.
Los archivos de la Tierra Vieja guardaban descripciones minuciosas de fragancias extinguidas: El café recién molido, el pasto mojado, el cabello tibio de un niño que soñaba, la piel nueva de un recién nacido.
Para la humanidad de esa época, esas sensaciones eran reliquias incómodas y peligrosas. Tras la Gran Purga Bacteriana, se decretó que todo contacto sensorial con materia orgánica equivalía a una amenaza. La asepsia se convirtió en virtud, y la emoción, en un lujo.
Sólo un olor había sobrevivido, lo llamaban El Olor a Coche Nuevo. Los tecnólogos decidieron que aquel perfume sintético era seguro porque no provenía de nada vivo. Fue designado el último olor digno de identificar a la humanidad. Una reliquia cuidadosamente elegida.

“La Cripta de Sensaciones” no era un santuario ni un museo. Era la atracción estelar del “Macro Parque del Recuerdo”, un centro de entretenimiento que ofrecía nostalgia en cuotas mensuales, simulacros de pasión y tristeza encapsulada en dosis diseñadas para no doler. Una industria que revendía recuerdos empaquetados a precios obscenos.
Kira Evrin jamás habría imaginado entrar allí. Durante más de un siglo —ciento veintitrés años con aspecto de treinta y cinco— creyó que su “exitosa” vida prolongada bastaba para darle sentido a todo. Había acumulado méritos académicos con honores, certificaciones de salud emocional, contratos de afinidad renovados cada década. Aquel día, sin embargo, algo se quebró.
Kira trabajaba como analista de patrones de consumo en SentiCorp, la misma megacorporación que fabricó La Cripta. Mientras revisaba el informe semanal —donde proyectaba, mediante fórmulas estadísticas, cuántos millones de humanos comprarían otra ilusión—, una pregunta le explotó por dentro:
¿Por qué es tan peligroso sentir de verdad?
Esa tarde, cuando Elian —su compañero de afinidad por tres contratos— llegó a su apartamento con la cortesía y el horario de siempre, Kira le entregó un pase de acceso prioritario con fecha del día siguiente. Elian la miró en silencio. Sus manos, siempre firmes, temblaron apenas.
—Si entras, podrías perder tu trabajo —advirtió, sin reproche.—Lo sé —respondió ella—. Quizá eso es lo que quiero.
Al día siguiente, Kira y Elian formaron parte de la fila que se extendía hasta las puertas de cristal. Una pareja joven bromeaba sobre grabar su reacción para las redes sensoriales. Una anciana solitaria sostenía un cupón que rezaba: Una experiencia garantizada o su dinero de vuelta. Dos adolescentes se retaban a ver quién saldría antes sin llorar.
Kira sintió un desprecio silencioso. Se preguntó si su propia curiosidad era distinta o igual de patética.
La puerta blindada se abrió con un chasquido programado para impresionar. En el centro, un coche compacto de color grafito reposaba sobre un pedestal giratorio. Una voz artificial enumeró datos anodinos: Año de fabricación, 2024. Número de unidades producidas: 1,200,000. Composición molecular del aroma: confidencial. Y recitó un discurso de bienvenida: Prepárense porque están a punto de vivir el pasado que nunca tuvieron. Respiren sin temor: este recuerdo está certificado.
Kira inspiró con cautela. El olor la golpeó con una ternura insoportable. Durante un instante, su mente se llenó de imágenes que parecían suyas: un padre orgulloso ajustando el retrovisor, una madre que reía mientras encendía la radio, un niño con los ojos muy abiertos acariciando el tablero. Por un segundo, creyó sentir la presión de un cinturón de seguridad sobre su pecho, el murmullo del motor encendido, una mano cálida que le apretaba los dedos. No sabía si aquella sensación era auténtica o un truco químico perfectamente diseñado para quebrar su coraza.
Sus piernas cedieron. Elian la sostuvo con fuerza. La barandilla vibró bajo su pulso.
—¿Lo percibes? —preguntó Elian, con voz quebrada. —Sí —murmuró, Kira mientras una lágrima rodó por su mejilla—. Huele... a algo que nunca voy a poder tener.
—A algo que no fuimos capaces de conservar — dijo Elian. Cerró los ojos. Sus labios temblaron.
Alrededor, la pareja joven reía nerviosa. La anciana se llevó un pañuelo a la cara. Los adolescentes, pálidos, salían apresurados. Kira pensó que tal vez todos compartían la misma herida. Pero cuando uno de ellos preguntó al asistente robótico si podían comprar un frasco con el olor para llevárselo a casa, comprendió que no era igual. Ellos solo querían el souvenir.
Una rabia fría se encendió en su pecho. ¿Era ese su destino? ¿Pagar por simulacros cuidadosamente calibrados para sentir con medida?
Mientras salían del recinto, Kira notó que su pase de acceso vibraba. Un mensaje institucional llegó a su pulsera:
“Gracias por su visita. Hemos renovado su suscripción anual a Experiencias Certificadas. Puede cancelar en cualquier momento.”
Elian leyó su expresión.—¿Te arrepientes?—No —respondió, Kira con su primera sonrisa real, mientras sentía el viento artificial del corredor que olía a nada.
Sin importar cuántos años ya había vivido, acababa de comprender que el pasado no residía en los datos ni en los macro parques que empaquetaban sensaciones. El pasado habitaba en el misterio de los sentidos. Y tal vez por eso los habían exiliado. Porque ninguna civilización que viviera del consumo podía tolerar algo que no pudiera venderse.
Frente a la salida, leyó un cartel luminoso que anunciaba la próxima atracción:
PRÓXIMAMENTE: El Último Beso. Disponible en cuatro intensidades emocionales.
Kira cerró los ojos e inspiró el vacío químicamente purificado de su tiempo. Se preguntó si aquel olor a coche nuevo, banal y perfecto, no era en realidad el testimonio más preciso de su especie: una civilización que hizo del consumo su única herencia y del olvido su victoria más barata.
SINOPSIS:
En un futuro donde la emoción auténtica se alquila por minutos, una mujer que ha vivido más de un siglo arriesga su precaria calma para respirar el último olor de la humanidad: un perfume sintético tan perfecto que despierta los sentimientos que creía haber olvidado.
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