El último Tupper de la Tierra
- BYMCOMUNICACION ILLY
- 20 may 2025
- 4 Min. de lectura
Sección de cuentos por Lisi Esnaurrizar
No entiendo en qué momento ocurrió.
Hace apenas una hora, estaba sentada en la cubierta inferior de la Nave de Colonización Externa, masticando en silencio la ración que mi madre me había enviado: arroz estelar con proteínas de Júpiter, aderezado con algas solares, guardado en lo único que el tiempo no nos había arrebatado: un tupper de plástico, transparente, de tapa azul, gastada y rayada por el tiempo.

En un imperio forjado ultratecnológico, aquel por nanomateriales artefacto humano, frágil y sobreviviente, era una reliquia. Mi madre solía contar que había resistido tres migraciones estelares, dos cataclismos solares y la hambruna de la Séptima Colonia. Un legado tangible de los días olvidados de la Vieja Tierra.
-Para qué no pases hambre, mi cielo —me dijo esta mañana, sonriendo con esa ternura capaz de atravesar hasta las corazas sintéticas de los soldados de la Guardia Imperial.
Hoy, si la Tierra siguiera girando bajo un cielo azul, celebraríamos el Día de las Madres. El peor día para perder su recipiente.
Me llamo Nerya Volkh. Y en este rincón olvidado del espacio, perder algo así... es perderlo todo. Nací en los corredores oxidados de la colonia orbital Tethys VI, suspendida entre las lunas rotas de Sirenia, donde mi madre luchaba a diario por un poco de aire limpio y alimento sintético.
Hace apenas un mes conseguí trabajo en esta nave, asignada a la sección D-14, justo debajo de las tuberías de energía azulada que vibran con cada salto hiperlumínico. No es una gran paga, pero incluye prestaciones. Para ahorrar, mi madre insiste en enviarme comida casera y evitar los antojitos interestelares que - según ella- no nutren nada.
La vida sigue a mi alrededor: drones de limpieza flotan indiferentes, tripulantes de rostros grises cruzan sin verme, y cazadores de piezas discuten en esquinas oscuras.
Mientras tanto, mi mano tiembla al revisar la funda de mi mochila. Tres veces. Sin éxito.
¿Cómo voy a explicarlo? No era sólo un recipiente. Era su orgullo. Su símbolo de amor. El último fragmento tangible de nuestro planeta natal, destruido por las guerras imperiales.
Me froto la frente, conteniendo el pánico. ¿Y si lo dejé en el ducto de reciclaje mientras inspeccionaba que no hubiera androides escondidos? ¿Y si algún chatarrero lo tomó? O peor aún, ¿si el compresor de residuos lo absorbio?
No puedo enfrentar la mirada silenciosa de mi madre.
No hoy.
Miro alrededor: Nadie parece prestarme atención. Y, sin embargo, siento que el universo entero me juzga.
La nave cruje bajo mis pies metálicos cuando me incorporo. Una franja de neón parpadea, tiñendo los corredores de un resplandor enfermo. Cada paso resuena como un eco hueco bajo mis botas.
El ducto de reciclaje más cercano está tres niveles abajo, en la sección F-22. Tendré que atravesar corredores olvidados, donde la Guardia Imperial es sólo un mito y los cazadores de piezas mandan como ratas de acero.
Mi pulsera vibra. El mensaje parpadea en rojo: "Hora de dormir de Sección D-14 iniciada. Regreso obligatorio."
La ignoro. Pulso el botón del ascensor de carga. La cápsula oxidada tiembla al descender. Las paredes, cubiertas de grafitis, advierten: "Nadie vuelve de F-22." "Cuidado con los Cazadores." "No hay héroes en el Vacío."
Cierro los ojos, recordando los mapas viejos que mi madre me enseñaba cuando era niña: "Nunca vayas a los niveles bajos sin necesidad," solía decir. "Allí las reglas no significan nada."
La puerta se abre. El aire apesta a ozono reciclado y aceite quemado. El corredor frente a mí es una herida de penumbra, apenas iluminada por destellos agónicos. Avanzo. Cada paso es un latido, un recordatorio de lo que está en juego. Doblo en una esquina y mi estómago se contrae: Tres cazadores de piezas rebuscan junto al ducto, entre cables, chatarra y pedazos de viejas esperanzas.
Uno de rostro cubierto por placas corroídas - sostiene algo
pequeño y translúcido. Es mi tupper.
Lo hace girar entre sus dedos, riendo como si fuera basura.
—Sirve para diez créditos, a lo mucho - gruñe.
Mis piernas se mueven antes de pensarlo. Salgo de la sombra, temblando.
-¡Eso es mío! - grito.
Los tres se giran. Uno ríe, el otro escupe al suelo y el que sostiene el envase sonríe como un lobo.
¿Esto? dice ¿Qué vas a darme a cambio, chica?
No tengo nada que ofrecer. Nada que valga diez míseros créditos. Excepto... Me arranco la pulsera de identificación. El chip brilla débilmente.
Sin ella, no soy nadie. No podría volver a casa. La pulsera pesa en mi mano, cargando todo mi futuro. Estoy a punto de entregarla... Pero algo en mí, profundo como las raíces de la Tierra perdida, me detiene.
Entonces, sucede: Una vibración sacude el aire y una grieta azul, fina como un cabello, se abre entre nosotros. El aire se curva.
Los cazadores retroceden. El rostro metálico que sostiene el tupper se retuerce de miedo.
La luz asciende. Toma forma: un androide ancestral, envuelto en energía, con las marcas olvidadas de la Vieja Tierra en su pecho. Sus ojos, dos orbes de cristal, se clavan en los míos.
-Herencia detectada. Prioridad: Conservación.
El cazador intenta resistirse, pero sus dedos se abren. El tupper flota, suspendido en un campo de fuerza brillante, girando hacia mí. Extiendo mis manos y aterriza suavemente en mis palmas.
Una chispa azul salta del androide: mi pulsera vibra y se reintegra a mi muñeca.
-Identificación protegida. Portadora prioritaria.
Los cazadores desaparecen en las sombras.
Me abrazo al tupper. Siento las cicatrices de su superficie bajo mis dedos, cierro los ojos y agradezco en silencio.
No voy a contarle esto a mi madre. O al menos, no todo.
Tal vez le diga que casi lo pierdo. Que luché. Que corrí.
Pero el resto... no. Aunque, ella lo sabrá todo. Las madres siempre lo saben con sólo mirarnos a los ojos.
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