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El último primer trago | Cuentos

Pláticas de café | Cuentos

Por: Lisi Esnaurrízar



EL SABOR DEL ASOMBRO EN TIEMPOS DE PERFECCIÓN.


En el año 3142, cuando la humanidad dejó de llamarse humanidad y adoptó el nombre clínico de La Especie Persistente, surgió un invento que prometió el final de la decepción sensorial: la Cerveza Eterna.


El Instituto de Placeres Perdidos llevaba décadas estudiando los fragmentos sensoriales que sobrevivían en la memoria de civilizaciones extinguidas: perfumes que ya no existían, texturas imposibles, sabores que no repetían su milagro. Entre esos residuos hallaron un patrón frágil y luminoso: el primer sorbo de cerveza.

Aquel instante donde coincidían frío, efervescencia, sorpresa y algo parecido al placer.


Lo aislaron, lo estabilizaron, lo incrustaron en cada molécula líquida hasta que lograron lo impensable: Cada trago sabía exactamente como el primero. No importaba cuánto bebieras; nunca llegaba el segundo sorbo.


Sólo unos pocos se atrevieron a preguntar qué significaba repetir eternamente lo que, por naturaleza, debía ocurrir una sola vez.



La ciudad orbital de Heptápolis flotaba sobre los anillos de Saturno como una lámpara suspendida entre nieblas doradas. Allí vivía Lira Vonn, historiadora sensorial y última especialista certificada en Experiencias Irrepetibles. Su oficio —raro, casi arcaico consistía en registrar los placeres humanos que desaparecían mes a mes:


El temblor previo a besar a alguien,

El olor único de una lluvia que sorprendía,

La emoción inesperada de encontrar algo sin buscarlo.


Cada mes, otro desaparecía. Y su archivo crecía como un océano de ausencias.


Una noche, mientras revisaba memorias de risas espontáneas, una alarma púrpura atravesó la ventana: COLAPSO EMOCIONAL COLECTIVO EN DISTRITO 9. CAUSA PROBABLE: CERVEZA ETERNA.


Lira sintió un pinchazo en el pecho, más cercana a la certeza que al miedo. No era la primera vez que veía un colapso emocional… pero sí el primero asociado a una bebida. En su oficio, sabía que nada desaparece… sin antes transformarse en silencio.


Tomó su gabardina táctil y salió como si pudiera alcanzarse a sí misma.


En el bar del Distrito 9, Lira encontró silencio. No el silencio pacífico de los templos, ni el silencio respetuoso de una conversación suspendida: era el silencio hueco de lo que se repite demasiado.


Los clientes alzaban sus vasos con la indiferencia de quien ejecuta un ritual vacío.


—¿Qué está pasando? —preguntó Lira al bartender, un androide con ojos de cobre bruñido.

—Dicen que hoy… ha muerto el asombro —susurró el androide y señaló una lata vacía: CERVEZA ETERNA.


Lira pidió una, al destaparla acercó el envase a la nariz: frío perfecto, aroma preciso. Probó, el primer trago era exacto, impecable. Probó de nuevo. Igual. El tercero también. Y en esa repetición perfecta, algo dentro de ella se quebró. Lira temió, por un instante, que quizá la perfección también la hubiera alcanzado a ella, que ya no pudiera sentir nada; sintió un vacío fino, preciso, como si algo en su interior se hubiera pulido demasiado.


<<Porque si todo sabe cómo el mejor momento… entonces ningún momento es especial>>, reflexionó Lira.


Entonces un recuerdo la atravesó con la nitidez de un relámpago:


Tenía ocho años. Su padre destapó una cerveza y le ofreció el primer sorbo. Lira la probó.


—No es el sabor lo que importa, pequeña —dijo el Sr. Vonn, mientras reía por la mueca que hizo Lira—, es que nunca volverá a saber cómo este primer sorbo.


Lira cerró los ojos. Ese recuerdo —frágil, irregular, humano— era lo que la Cerveza Eterna estaba destruyendo.


Lira declaró emergencia global sensorial ante El Consejo de Estabilidades Sensoriales y convocó a los guardianes del contraste: neuroquímicos, poetas de memoria, alquimistas del azar molecular y por el otro lado estaban también los poetas olfativos y los funcionarios de la División de Contrastes Regulados, que odiaban las variaciones.


La sala de conferencias parecía flotante, como si las palabras pudieran desvanecerse apenas pronunciadas. Mil pantallas mostraban rostros tensos.


—El problema no es la cerveza —dijo Lira, con voz calmada— La idea de que la perfección puede sostener un mundo; un sabor perfecto, repetido sin variación, es un sabor sin historia y ese es el problema.


—La perfección maximiza el bienestar — dijo uno de los funcionarios de la División de Contrastes Regulados, con una seguridad que sonaba casi programada.


Lira tembló por primera vez. No de miedo, sino de tristeza profunda.


—No —respondió, Lira—, la perfección mata el asombro; si no existe más el mejor trago, el mejor momento… tampoco existirá ese instante inolvidable. Un silencio helado recorrió la sala y las palabras de Lira, se asentaron como polvo antiguo.


—Necesitamos devolverle al universo el segundo sorbo — continuó, Lira—. Sólo así podrá volver ese momento único del primer sorbo.


El estado de emergencia concluyó porque El Consejo prohibió cualquier variación organoléptica. Y la propuesta de Lira fue considerada subversiva. El Consejo de Estabilidades Sensoriales se opuso y la corporación ZenithBrew, dueña de la fórmula eterna, la declaró “amenaza disruptiva”.


A partir de ese día Lira recibió amenazas anónimas: “NO TOQUES LO QUE YA ES PERFECTO”.


Lira se quebró. Sintió, aunque fuera un segundo, que tal vez el mundo ya había renunciado a sentir. Aunque realmente esa duda la salvó. La hizo humana de nuevo. Y mientras estuvo abrazada a esa fragilidad, comprendió lo que debía hacer.


Lira y su equipo organizaron una operación clandestina. Estaban convencidos que la perfección era el verdadero enemigo y elaboraron la Cerveza Beta; creada con ligeras variaciones aleatorias de temperatura, espuma y microaromas.


Una versión errática, humana, viva y que brindaba un único primer sorbo.


Liberaron diez millones de botellas de Cerveza Beta. Distribuyeron las primeras botellas en silencio, como quien siembra semillas que quizás nunca broten, mientras el universo se preparaba para un error deliberado. La noche de la liberación clandestina, en bares de toda la galaxia, se ofreció por primera vez esta “nueva” cerveza.


Un joven en un bar de Titán abrió una Cerveza Beta. Probó el primer sorbo y sonrió: había algo vivo en ese sabor. Probó el segundo y frunció el ceño; la variación lo desconcertó.


Creyó que era un error y dejó la botella a un lado, pero al destapar una Cerveza Eterna —idéntica, impecable, inmutable— y dar varios sorbos, sintió, por primera vez en siglos, la ausencia absoluta de diferencia. Volvió entonces a la Beta, casi sin pensarlo, y bebió otro sorbo. Allí estaba: esa mínima irregularidad, esa grieta luminosa donde vive el asombro.


Comprendió que no era un mejor sabor, sino algo infinitamente más poderoso: la posibilidad misma de que algo cambiara. Un espacio tan pequeño, que sólo cabe en él lo inesperado. Y por eso, eligió la Beta.


El rumor se propagó como una especie de luz. En Heptápolis, en Marte, en Nebulona, en los anillos habitables de Urano. Miles lloraron. Miles brindaron. Miles, por primera vez en siglos, dijeron:


—Este trago… este sí es el bueno.

Por primera vez, la gente volvió a reír sin saber exactamente por qué.


Lira escribió en su informe final:

<<El universo no necesita perfección. Necesita contraste. La perfección es un desierto sin sombras. Para que exista un primer trago inolvidable, deben existir miles que no lo sean. Devolverle al cosmos su derecho a equivocarse fue la única forma de salvarlo>>.


Esa noche, se sentó en el mirador de Heptápolis. El vidrio estaba frío. Los anillos de Saturno giraban como un pensamiento antiguo.

Abrió una Cerveza Eterna, bebió un sorbo, luego otro. Dejó el envase a un lado. Destapó una Beta. El primer sorbo supo distinto. Distinto como aquel día con su padre. Lira sonrió.


<<Ahora sí >> pensó, <<este primer sorbo es el bueno>>.

Lisi Esnaurrizar

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