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Curva Cero Informe sobre un nacimiento prohibido (Expediente 14-B)

Cuentos Pláticas de Café con Lisi Esnaurrizar


En Aurora-9 no amanecía. No porque faltara el sol, sino porque lo habían amaestrado. Una corona de satélites fijaba el cielo en un crepúsculo ámbar, suficiente para ver, insuficiente para cambiar. Ciudades sobre océanos metálicos; avenidas sin hojas, plazas sin palomas, lluvia según calendario. El Oráculo de Curva Cero calculaba lo óptimo en todo. La especie decidió reescribirse sin tachones: abolir el dolor y expulsar el azar.

La bioingeniería era rito. En los templos blancos de la Corporación Génesis los niños no nacían: se ensamblaban. El Edicto de Homotecia lo consagró.



Matrices corregidas, fenotipos en catálogo, tarifas por paquete. El Edicto, lo selló dos siglos atrás: abolido el dolor —y con él, la enfermedad, el azar y el error— a cambio de una perfección sin sobresaltos.


Aila custodiaba esa promesa. Ingeniera de nivel máximo, era considerada: “emocionalmente nivelada” y caminaba todos los días a la Sala 27 con la enorme responsabilidad como quien mide un reactor. Pero en su apartamento guardaba un sacrilegio: una caja negra con un dedal, una cajita de música que respiraba a destiempo y recortes con palabras como “tormenta” u “otoño”; le llamaba: el “Museo de los Fracasos”.


Por las noches abría la cajita; la melodía escapaba. Su abuela, de la Tierra, decía que era una canción de cuna. Aila la sabía y callaba, pues en Aurora-9 no existían los niños que lloraran y por lo tanto tampoco las canciones de cuna como esa.


Hasta que algo cambió. En la consola de la Sala 27 la alarma no sonó: apenas parpadeó. Aila, abrió la cápsula 14-B y leyó lo imposible:


DEFECTO CROMOSÓMICO – ANÁLISIS REQUERIDO


Dos siglos sin alteraciones no previstas, y ahí estaba: afectación en el cromosoma 14. En la proyección, un puñado de células se movía fuera de coreografía.


—No deberías estar aquí —murmuró, Aila mientras la pestaña “Informe” pedía su firma. El reporte era claro: picos de muones podían torcer, uno por millones, la doble hélice del planeta. Recomendación: eliminación.


La palabra eliminar se le quedó entre los dientes.


A partir de ahí, cada día, no solo visitaba la Sala 27 sino en específico esa cápsula, la 14-B. El minúsculo corazón latía con ritmo irregular: “fallo” para el manual. Para Alia era música parecida a la canción de cuna innecesaria. Entonces, lo decidió: lo implantaría en su cuerpo.


No planeaba un crimen; copiaba una receta antigua. Reunió lo necesario: progesterona para primar el endometrio, inmunomodulación ligera, un kit de implante que sólo sobrevivía en archivos. Desvió el mapa térmico a un dron señuelo, inyectó un falso positivo de asepsia, desactivó dos cámaras. El quirófano clandestino fue el cuarto de descompresión: metal y respiración medida.


Cuando la aguja tocó su piel, el sistema leal de su cuerpo mandó una advertencia: “innecesario, ineficiente, inestable”. Aila apagó las notificaciones como quien cierra una ventana de la plataforma de música para oír llover. Abrió la cápsula con guantes de vacío. El embrión —un murmullo— encontró destino en la oscuridad tibia de un cuerpo vivo.


LA CURVA CERO, HABLÓ:


LOG CERO-146: desfase térmico 0.8 s. Tolerable. LOG CERO-147: alteración de ruta de dron. Compensada. ANÁLISIS: fatiga en supervisora Aila. Recomendación: descanso (12 h).


El embarazo creció clandestino. Mintió con resfriados y “proyectos”, pero sin jamás faltar a su trabajo. La Curva Cero registró microdesvíos y los llamó fatiga. Un ultrasonido de contrabando le mostró el corazón irregular de Naru. Aila lloró: un tambor terco contra la pared del mundo. Sacó la cajita y, por primera vez, cantó: “Duerme, que afuera llueve”.


Parió sola. El primer dolor la dobló; mordió una cinta para no gritarle a los satélites. Naru nació con dos gritos: un grito ahogado por su madre y un grito vivo por el paso de la vida. Un ojo más claro, una mancha en la pierna. La sangre se hizo mapa sobre el piso. Hubo hemorragia; apretó el dedal, se cosió lo justo y sobrevivió.


—Eres imperfecto —dijo—. Y ahora, también yo.Lo limpió con torpeza y devoción. Cortó el cordón; el tensor crujió como juramento. La herida quedó para recordar.

Ocultó a Naru semanas que supieron a meses Los bebés de catálogo tenían sonidos decorosos y aprendizajes impecables. Naru no; se frustraba y se reconciliaba con risa. Inventaba ruidos, aprendía cuando podía. Le fascinaba el desorden: torres que caen, agua que desborda...


El Oráculo tomó nota:

BOLETÍN A CUIDADORES – SECTOR ÁMBAR: +0.7% “variabilidad de conducta espontánea” vs. semana previa. Actividades compensatorias: drones pedagógicos, música isócrona, juego de patrones.Nota: audio fuera de catálogo (melodía de cuna). Sustituir por pista 23-B.


Aila respondió con silencio. Cantó más bajo.Las pérdidas se acumularon en la vida de Aila. La Corporación le retiró la llave maestra. Bienestar la citó a terapia. Salario “ajustado por desempeño”. Vera —su compañera de ojos de cuarzo— susurró: “La Curva no perdona a quien la dobla”. El costo dejó de ser teórico.


Cuando Naru cumplió un ciclo, Aila se arriesgó otra vez: lo llevó al “Parque Sintético del Sector Delta”; con árboles holográficos, los demás niños practicaban con drones y reían según el protocolo. Naru se puso de pie, tropezó y cayó en un charco. El chapoteo fue fresco. Carcajeó. Uno, dos, diez niños lo imitaron. Por primera vez en siglos, el juego fue desordenado.


El reel subió a la Nube: “Niño defectuoso”. Se propagó como un virus. La Corporación retiró drones y “recolocó” grupos. El Oráculo rastreó el origen hasta la Sala 27.

Al día siguiente, dos oficiales aguardaban a Aila, debía presentarse en la Cámara del Consejo Supremo. Sostuvo a Naru contra el pecho. No temía ser descubierta: temía el costo de que “corrigieran” su vida.


La Cámara era una esfera translúcida. Consejeros flotaban en tronos antigravedad. En el centro, un campo amable sostuvo a Naru de pie. El niño buscó su reflejo y se asombró.


—Has cometido un delito contra la especie. Has introducido caos. —dijo, el Alto Canciller con piel de porcelana—. El sujeto será eliminado.


Las cadenas lumínicas se encendieron en las muñecas de Aila con una cortesía cruel. Ella tragó saliva y la voz le salió más baja de lo que habría querido:


—Lo llaman caos porque no lo controlan. Pero su orden, es el caos real, es una muerte en vida.


—La perfección nos mantiene sin guerras, sin dolor, sin... desperdicio —acotó, el Canciller, con esa frialdad que protege a las porcelanas.


—¿Por qué no ríes? —preguntó, Naru señalando al Canciller.

El aire cambió. La pregunta se clavó con la violencia de la verdad. El Canciller parpadeó —en un gesto humano— y su voz falló. Una palabra vieja le subió a la cara en un tono rojizo: vergüenza.


Entonces el miembro más anciano del Consejo, con manos orgánicas bajo los guantes, se levantó. Se los quitó y sus cicatrices hablaron:


—Hace trescientos años renunciamos a ser imperfectos. Y con ello, a ser humanos. Propongo una ley moratoria: nacimientos naturales mínimos, con supervisión.


Se votó. No fue unánime, pero seganó por un voto; una mano con cicatrices.

Décadas después, cuando Aila murió, Naru—ya adulto, con un ojo más claro—habló en una plaza donde los niños corrían, reían y hasta lloraban. Alzó el dedal del Museo de Fracasos.


—Nos salvaron nuestras imperfecciones —dijo—. Porque sólo lo que puede romperse... se puede amar.


Entonces, en el cielo de Aurora-9, por primera vez en tres siglos, una franja de luz rompió el ámbar. Fue un nuevo primer amanecer y ese pequeño momento, fue suficiente para que la ciudad se pareciera menos a un espejo y un poco más a un rostro libre para reír.


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