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CUANDO NO ERA EL CUERPO... ERA LA EMOCIÓN.

(La delgada línea entre la enfermedad clínica y el conflicto conductual)


Éste fue uno de los tantos casos que me ha tocado evaluar en consulta y, como ocurre con frecuencia, comenzó con un síntoma aparentemente clínico, de ésos que nos empujan a buscar una causa orgánica incluso cuando, desde el inicio, algo no termina de encajar.


El animal presentaba micciones recurrentes dentro del hogar. El camino lógico fue recorrer todas las posibilidades médicas. Se realizaron exámenes de orina, urocultivos, ecografías y análisis de sangre. Se consultó a distintos especialistas. Cada nuevo estudio descartaba una hipótesis, pero el problema persistía.


Recuerdo la sensación de frustración de la familia. Habían hecho todo lo correcto. Habían invertido tiempo, dinero, energía y desgaste emocional. Y, aun así, la respuesta seguía siendo la misma: todo estaba normal.


Pero algo no cuadraba, porque cuando un síntoma se mantiene, aunque los exámenes digan lo contrario, el problema sigue existiendo. Fue recién cuando dejamos de mirar exclusivamente el cuerpo y nos detuvimos a observar al paciente como un ser completo, con una historia, con experiencias previas, con emociones y con un contexto propio. Dejamos de preguntarnos qué órgano estaba fallando y comenzamos a preguntarnos qué estaba sintiendo.


En ese momento, la mirada clínica cambió de dirección. Ya no buscábamos una lesión, sino una explicación. Ya no perseguíamos un diagnóstico orgánico, sino una comprensión más profunda. El daño no estaba en su sistema urinario, no estaba en su vejiga. Estaba en un lugar mucho más silencioso y, a la vez, más poderoso: en un mundo emocional. En una ansiedad que no encontraba forma de regularse, en una inseguridad que se expresaba directamente a través del cuerpo, en un intento desesperado por recuperar control frente a un entorno que su sistema nervioso percibía como impredecible. Su cuerpo no estaba enfermo, estaba comunicando.


Como médicos veterinarios, estamos entrenados para buscar causas orgánicas y debemos hacerlo. Descartar dolor, infecciones, alteraciones hormonales o neurológicas no es opcional, es una responsabilidad profesional. Pero una vez que el cuerpo habla y nos dice “no hay lesión”, debemos estar dispuestos a escuchar otro lenguaje: el de la conducta y la emoción.


En este caso, la micción no era una falla fisiológica, era una estrategia, una forma de regular la ansiedad, de descargar tensión, de recuperar algo de control frente a un entorno que su sistema nervioso registraba como inseguro. No era un animal desobediente, no era falta de educación, estaba expresando malestar de la única forma que podía.


Este tipo de situaciones no son raras. Al contrario, es mucho más frecuente de lo que creemos. A lo largo de los años, he visto perros tratados durante meses por vómitos recurrentes, diagnosticados como gastritis crónicas, cuando en realidad el estómago era sólo el órgano elegido para expresar estrés. He visto diarreas intermitentes sin causa infecciosa ni alimentaria clara, que no mejoraban con 2 / 2 cambios de dieta, sino cuando la rutina del perro se volvía más estable y emocionalmente contenida.


También he evaluado cojeras que iban y venían sin lesión detectable, asociadas a estados de hipervigilancia, lamidos compulsivos tratados como alergias eternas, cuando debajo había ansiedad sostenida y que desaparecían cuando se intervenía el vínculo y la presión ambiental.


Abordar un problema conductual disfrazado de cuadro clínico requiere algo más que técnica, requiere humildad, requiere aceptar que no todo se soluciona con un examen, una pastilla o un diagnóstico tradicional. Requiere observar el entorno, el vínculo, las rutinas, las expectativas humanas. Requiere preguntarnos no sólo qué órgano está fallando, sino qué está viviendo ese animal y qué condiciones emocionales y ambientales le estamos ofreciendo.


El paciente con el que comencé este relato no necesitó más exámenes. Simplemente necesitó sentirse seguro, con menos presión, más previsibilidad y más comprensión. Cuando su mundo emocional empezó a ordenarse, su cuerpo dejó de gritar. Quizás el mayor aprendizaje sea éste: cuando creemos que ya hicimos todo y puede que aún no hayamos mirado lo más profundo de ese ser. Ahí, donde no hay bacterias ni lesiones, pero sí emociones. Y muchas veces, la verdadera sanación comienza exactamente ahí.


Rodrigo Hargreaves

Médico Veterinario

Etólogo Canino

Tiktok/ Instagram: @coachrodrigo_h


 
 
 

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