Pláticas de café | NO ES LO QUE PARECE
- bymverdicomunicaci
- 4 oct 2024
- 6 min de lectura
Pláticas de café | cuentos
NO ES LO QUE PARECE
Hundido en las penumbras de aquel consultorio, testigo del inexorable paso del tiempo, el olor a antiséptico danzaba entre las sombras como un espectro más, cómplice de mi soledad. Allí me encontraba yo, inclinado sobre un Poodle cuyo pelaje rivalizaba en blancura con la inocencia misma, sumido en la letargia del éter, su pequeño pecho subía y bajaba al ritmo de un aliento que luchaba por afirmar su presencia. Mis dedos eran los de un cirujano experto, y sin titubeos les di la orden de iniciar el corte que revelaría la aflicción oculta de Puchi.
El reloj en la pared marcaba los segundos con un tictac impertinente, una burla a mi urgencia. El bisturí, extensión de mi voluntad, trazó un sendero a través de la piel y se adentró con destreza entre músculos y tejidos hasta encontrar al invasor: una tanga amarilla de encaje negro, ajena al universo de criaturas puras, un objeto sin lugar ni sentido en el vientre de un ser tan ajeno a las pasiones humanas.
Con la precisión de un maestro relojero, mis dedos se deslizaron entre los tejidos húmedos y palpitantes, buscando el objeto extraño que había perturbado el equilibrio interno de Puchi. El tacto frío y clínico del látex contra lo orgánico contrastaba con el pulso de vida que emanaba de la criatura inconsciente sobre la mesa de operaciones.
Extraje la prenda amarilla con extremo cuidado, evitando más daño al pequeño ser que yacía vulnerable ante mí. La tanga, ajena y absurda en aquel contexto clínico, pendía de mis pinzas como un artefacto arcano, capturado en una trampa invisible tendida por caprichos del destino.
Pasaron tres horas desde que la cirugía de Puchi terminó y en las que el mundo exterior pareció contener la respiración junto al Poodle. La puerta entonces se abrió abruptamente, rompiendo el hechizo.
Una corriente de aire frío se adelantó a la figura de la señora que entraba, como si portara consigo el aliento gélido de la calle, intentando invadir el refugio tibio de mi consultorio.
Era la señora Daniela, la esposa de Juan Martínez, el señor que por la mañana, muy afligido, me entregó a Puchi.
«No sé que tiene doctor, no se mueve, se queja, no quiere comer y ya no toma agua. Hoy es su tercer día así», recordé que me dijo con una voz cargada por el peso de la incertidumbre y cortada por la angustia de ver a su compañero sufrir. El abrigo negro de la señora Daniela ondeó a su alrededor como las alas de un cuervo desaliñado. No podía ocultar el temblor de sus manos o la mirada fugaz que recorría la habitación.
Escrutaba cada rincón en busca de su amado Puchi hasta detenerse en la jaula donde reposaba Puchi, aún sumido en un sueño inducido por fármacos y cirugía.
¿Cómo está Puchi? preguntó la señora Daniela.
En su rostro, las lágrimas brotaron espontáneas, brillando como destellos de cristal contra su piel pálida. Eran la manifestación visible de un corazón atrapado en la encrucijada de la esperanza y el temor, cada gota una palabra no pronunciada de amor y preocupación por su compañero de cuatro patas.
-Está recuperándose- respondí, con una voz firme, un contrapunto a su fragilidad-
Encontramos algo durante la cirugía. Sin prisa, saqué una bolsa de plástico transparente de un cajón cercano. Extendí la mano sosteniendo la bolsa de plástico transparente entre mis dedos, consciente de su trivialidad y ajeno a la sentencia que portaba. Con un gesto mecánico propio de quien ha terminado su labor, esperé a que la dueña de Puchi tomara el objeto inerte de mi ofrecimiento Los dedos, temblorosos y vacilantes de la señora Daniela, se enroscaron alrededor de la bolsa como si atraparan una mariposa que pudiera desaparecer al más leve contacto.
Los ojos de Daniela se dilataron, reflejo del asombro que le causaba el contenido. La tanga de encaje parecía un espectro burlón, sus hilos finos parecían entrelazar una danza macabra contenida dentro del plástico.
Esta ropa interior no es mía escapó de la boca de la señora Daniela, en un susurro roto, cada sílaba era una gota de realidad.
La confesión de la señora Daniela, estaba cargada de desconcierto y traición implícita, era un suspiro que apenas lograba elevarse por encima del zumbido constante del aire acondicionado.
Permanecí inmóvil, observando cómo sus dedos blancos se aferraban a la bolsa de plástico. La tensión en su rostro parecía tallar cada arruga con una precisión quirúrgica, como si de repente hubiera envejecido años en segundos.
Sus ojos, amplios y ahogados en desconcierto, me buscaban, clamando por una explicación que no podía ofrecer. El olor a antiséptico, antes tan predominante, se diluía ante el perfume amargo de la sospecha.
«¿Qué podría decir?», pensé.
No era mi lugar tejer conjeturas ni llenar los vacíos con suposiciones. Era solo el veterinario, el hombre al que traen mascotas para curar, no para descubrir secretos escondidos en los rincones más oscuros de un matrimonio.
No había palabras en mi vocabulario médico que pudieran suturar la herida abierta en el tejido de confianza entre Daniela y su esposo. Ningún manual veterinario me había preparado para navegar las aguas turbulentas de la traición humana. El silencio se adueñó del espacio, tan denso que casi podía cortarse con el mismo bisturí que había revelado el absurdo objeto.
La respiración de Puchi, aún débil pero constante, era el único sonido que luchaba contra el silencio. El dormitaba, ajeno a la tormenta humana que lo rodeaba, acurrucado en su manto de mantas estériles En su inocencia, encontraba refugio en el sueño, lejos de las complicaciones de la existencia humana, encarnando la única pureza que quedaba en esa habitación cargada de preguntas sin respuesta.
-Tal vez, no es lo que parece -dije en un intento de consuelo.
En ese instante, comprendí que mi papel había trascendido al de un simple veterinario para convertirme en un guardián de secretos humanos, un testigo silente de una verdad que amenazaba con desmoronar el mundo de la dueña de Puchi.
Los guantes que habían sido instrumentos de precisión quirúrgica ahora colgaban inútiles. Sentí el peso de cada palabra aún no pronunciada entre nosotros, cada una con el poder de inclinar la balanza de su mundo ya tambaleante.
El acto final de este drama estaba aún por escribirse, y yo, sin quererlo, había sido asignado para el rol de conclusión final.
Mi trabajo aquí terminó cuando retiré el objeto extraño dije como si la frase fuera un mantra.
Entiendo doctor dijo la señora Daniela con una sonrisa macabra—. ¿Alguién más supo del hallazgo?
-No, señora, nadie más. Hoy no pudo venir mi asistente así que estoy solo contesté con sinceridad.
-Excelente doctor dijo la dueña de Puchi sin quitar esa sonrisa lúgubre al mismo tiempo que señalaba la bolsa transparente -Si que es un objeto extraño, ¿no? Quien usaría una tanga así de fea... El amarillo es solo para gente insegura y fea…
El objeto en cuestión era ajeno a todo lo que mi profesión representaba, era como encontrar una piedra preciosa en medio de un vertedero. No pude evitar que mis mejillas se tiñeran de un rubor involuntario. La situación era absurda, ridícula incluso, pero había algo en la mirada de la señora Daniela que me decía que para ella esto era más que un simple hallazgo insólito.
-Eso sí- dije, en un intento banal por mantener alguna forma de profesionalismo, aunque mi voz temblaba ligeramente
-Que mal gusto tiene mi marido -recalcó la dueña de Puchi- .La tanga que traigo hoy
puesta es mucho más bonita, ¿quiere verla? -preguntó con una voz aterciopelada que envolvía cada palabra en una promesa y un desafío al mismo tiempo. Mis ojos se pasearon brevemente por su figura, notando el cambio sutil en su postura, una invitación muda que me desconcertó. Por un instante, las paredes blancas del consultorio parecieron desvanecerse, y la realidad de mi entorno médico se mezcló con la curiosidad inesperada que ella había sembrado.
-Yo... comence, intentando formar una frase coherente, pero las palabras se disolvían antes de tomar forma.
La miré, buscando alguna señal de que esto era solo un juego, una broma pesada quizás, pero la profundidad en sus ojos oscuros hablaba de una seriedad desconcertante.
-Es imposible decir no- concluí en un susurro, al mismo tiempo que observé que debajo de ese abrigo negro la señora Daniela me mostraba que portaba una satinada y pequeña tanga roja.
«Si es mucho más bonita», pensé.
Lisi Esnaurrizar
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