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Pláticas de café/cuentos: INSOMNIO

Sergio miraba el café frío en su taza mientras hablaba en voz baja, casi como si temiera que alguien más pudiera escuchar. Del otro lado de la mesa, su amiga Daniela lo observaba con ojos llenos de preocupación.

-Es como un círculo interminable, Daniela. Me acuesto, cierro los ojos y, en lugar de descansar, siento el peso del insomnio... en mis sueños -explicó Sergio con una voz apagada, como si estuviera encerrado entre dos realidades.

Daniela ladeó la cabeza, perpleja. Trató de abarcar con su mirada todo el cansancio que Sergio cargaba en el rostro. Sus ojeras le contaban de noche sin tregua, y su expresión revelaba algo que iba más allá del cansancio: parecía haber perdido la paz.

-¿Cómo es eso posible? ¿Sueñas que no puedes dormir?

-preguntó, Daniela con incredulidad y una pizca de ternura.

-Exacto. En el sueño estoy ahí, inmóvil, sintiendo cada segundo pasar sin que llegue el sueño verdadero. Es como si el mismo aire se volviera una prisión. Trato de moverme, pero no puedo -dijo, Sergio.

-Es... ¡es una tortura! -exclamó, Daniela.

-Exactamente, Dany. Y cuando despierto, descubro que he estado dormido... soñando que no podía dormir.

Y no descanso, Dany. No descanso nunca -dijo Sergio.

Daniela tomó la mano de Sergio y la apretó con suavidad, intentando transmitirle a su amigo, un consuelo que no sabía si tenía.

-Lo importante es que al menos físicamente estás dormido, eso debe ayudar un poco, ¿no crees?. Quizá solo es el estrés; necesitas alejarte de la oficina, dejarte un par de días para ti -recalcó, Daniela en un intento de calmar la mente de su amigo.

-¿Y dejar que el trabajo se acumule? No puedo hacer eso, Dany. Sabes que no puedo permitírmelo, menos en la época Navideña -dijo Sergio con seriedad-. Para cuando regrese de vacaciones ya no tengo trabajo y eso sería un mayor estrés.

-Eso es verdad, para como se ponen las ventas en Navidad, no te puedes separar de ahí -afirmó, Daniela al mismo tiempo que suspiró, impotente-. ¿Y si pruebas con algo? Tés relajantes, mensajes... algo que te ayude a calmarte antes de dormir.

-Ya probé de todo, pero cada noche es lo mismo -dijo, Sergio con un suspiro de derrota.

-Ay, amigo, no sé como ayudarte...

-Anoche, incluso soñé que te llamaba para decirte que ya no soportaba más. ¿Fue tan real! -dijo, Sergio interrumpiendo a su amiga-. Sentí tu voz diciendo mi nombre... Pero en ese sueño tú te alejabas, como si ... Sergio se detuvo un instante y miró a Daniela con una expresión de horror.

-¿Cómo si qué, Sergio? -preguntó, Daniela, al mismo tiempo que frunció el ceño y sintió un escalofrío recorrer su espalda.

-Como si ya no fueras tú. Como si algo o alguien te hubiera reemplazado, y me hablarás desde la oscuridad. Intenté levantarme, pero solo volví a ver el techo de mi habitación, atrapado en otro sueño dentro del sueño. ¡No sé como salir, Daniela!. No sé como regresar -dijo, Sergio al mismo tiempo que su voz se quebró, y sus manos temblaban.

Daniela extendió una mano hacia su amigo para intentar calmarlo, aunque su corazón palpitaba con fuerza ante la desesperación de no poder ayudarlo. Y de repente, una idea cruzó su mente, como una ráfaga helada.

-Sergio... si crees que todo es un sueño, ¿Cómo sabes que en este momento estás despierto? -preguntó, Dany.

Sergio levantó la vista con los ojos desorbitados y un pálido horror en su rostro.

-No lo sé -susurró, Sergio-. No lo sé, Daniela.

Daniela observó cómo la figura de su amigo se desvaneció lentamente, como si se disolviera en la penumbra. Daniela trató de retenerlo, pero sus manos pasaban a través de él como si fuera un espejismo. Sergio desapareció en un parpadeo. La noche se volvió espesa, nebulosa, rodeándola.

Fue entonces cuando Daniela despertó en su cama, sudando y con la respiración agitada. Miró el reloj: eran las tres de la madrugada. El sueño de Sergio... había sido su propio sueño. O eso creía. Con el corazón retumbando, tomó su teléfono.

-Necesito hablar contigo, Dany. No sé cómo despertar-, leyó Daniela en un mensaje escrito por Sergio.

Daniela leyó el mensaje una y otra vez, las letras desaparecían, poco a poco y regresaban como un loop al cual no podía ponerle un alto. De pronto, una sensación helada recorrió la espalda de Daniela.

Podía escuchar pasos al otro lado de su puerta, voces apagadas que murmuraban nombres conocidos.

Algo en su corazón le susurró que todo canto "soñó" no era sino un eco de una realidad abandonada. Cerró los ojos y trató de respirar profundamente, pero el aire se sentía denso, como un manto que la asfixiaba.

De alguna manera, su mente empezó a remontarse a un momento olvidado, en la Avenida Insurgentes Sur de la Ciudad de México, salían de la cena navideña de la oficina, ambos habían decidido no tomar porque aún no habían echado el volado tradicional respecto a quién manejaría, al final de la noche. Daniela arrancó el coche, Sergio se recostó en el asiento del copiloto, quería descansar un poco, de repente se encontraron con un rayo de luz cegador, un impacto brutal... y después, silencio.

Ahora lo entendía, aquel sueño era la sombra de una tragedia que la aprisionaba. Con terror, Daniela comprendió que Sergio también estaba allí, ambos habían salido juntos de ese lugar y ahora ambos estaban atrapados en un mismo abismo.

Se obligó a abrir los ojos: frente a ella, estaba un monitor que emitía un leve xumbido, una línea ondulante que latía pausadamente, marcando los segundos de una vida suspendida.

En la cama contigua, Sergio, inmóvil, respiraba con ayuda de aparatos bajo el mismo fulgor frío de un hospital. Habían sido víctimas de un accidente, sus cuerpos estaban atrapados en el limbo de lo que los doctores llaman "coma inducido" intentando sacarlos de la inmensa negrura que un conductor alcoholizado había provocado. Daniela quiso gritar, pero solo el silencio le respondió, un silencio eterno que compartían los dos amigos.

Desesperada, Daniela trató de aferrarse a una idea, a una esperanza: si podía comunicarse con Sergio, si lograba enviarle un mensaje, tal vez juntos encontrarían la forma de escapar de aquel abismo.

-Sergio, estamos atrapados. Fue un accidente. Estamos en el hospital. Tenemos que unir fuerzas para despertar- escribió, Daniela con dedos trémulos.

La pantalla se congeló por un instante para después mostrar un reloj girando, el símbolo eterno de la espera, como si la señal intentara atravesar un abismo sin fin. Las letras quedaron suspendidas en el borde de la realidad, como si algo invisible las retuviera.

Daniela miró el dispositivo, suplicando que un mensaje llegara, pero el círculo de carga giraba y giraba, infinito y cruel. Sin entender del todo lo que sucedía con el aparato de comunicación, Daniela observó la señal: una línea débil, como si estuvieran en un lugar donde la comunicación no alcanzaba. Frente a ella, el silencio del hospital y el murmullo apagado de los aparatos médicos eran los únicos testigos.

-Al parecer, en el limbo no hay buena señal-, reflexionó Daniela.

Fue entonces, en medio de esa calma forzada, cuando comprendió la magnitud de lo que había sucedido. Allí estaban ellos, su vida en pausa, sus sueños atrapados en un limbo que nadie había planeado. Un extraño al volante, en un instante de embriaguez, había sembrado una noche de sombras en sus vidas, arrancando cualquier posibilidad de retorno inmediato.

Atrapada entre dos mundos, Daniela cerró los ojos, confiando en que sus palabras, sus pensamientos, llegaran a algún lugar. Tal vez, en algún rincón de ese lugar, Sergio la escuchaba y juntos encontrarían la fuerza para regresar.

Aunque en la realidad sólo estaba la penumbra de aquel cuarto, en el que quedaba el eco de una última lección que había costado demasiado: un instante de irresponsabilidad puede encadenar la vida de otros a un sueño del que tal vez no haya un despertar.


FIN


-Lisi Esnaurrizar



 
 
 

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