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Mario y María | Pláticas de café

Cuento:


En la penumbra acogedora de aquella cafetería de Satélite, Mario, con sus cincuenta años a cuestas y una vida entera de historias por contar, removió su café lentamente. Sus dedos jugueteaban con la taza de loza blanca, mientras sus ojos se perdían en el laberinto de memorias que acababa de "vivir".


Daniela, su eterna compinche de treinta y cinco primaveras, lo observaba con ese brillo singular en la mirada, esa mezcla de vitalidad y desfachatez que tanto la caracterizaba. Su rostro, siempre dispuesto a la sonrisa, no mostraba ni rastro de la sorpresa que escondían sus preguntas.


-¿Y bien? ¿Descubriste si hay sexo después de la muerte?-

preguntó Daniela, con la curiosidad brillando en sus palabras, sin el menor atisbo de morbo, sino más bien como quién inquiere sobre un gran misterio de la vida... o del más allá.


Las comisuras de los labios de Mario esbozaron una sonrisa ambigua, levantó la vista, se encontró con los ojos de su amiga, esos pozos oscuros y profundos que tantas veces habían servido de espejo para su propia alma.


Por un momento, las palabras bailaron en su lengua, traviesas y ansiosas para escapar. Se aclaró, preparándose para sumergirla en ese mar de incredulidad y misterio que él mismo aún trataba de navegar.


-Te voy a contar algo que te va a sonar a locura, pero necesito que me creas- contestó Mario, con la luz bajita, inclinándose hacia adelante sobre la mesa, disminuyendo la distancia entre él y Daniela, como si temiera que las paredes de aquel lugar pudieran traicionar sus secretos. La otra noche, en el cementerio...

La mirada de Mario, se desvió por un instante hacia la ventana, donde los árboles mecían sus ramas desnudas al ritmo del viento, como si danzaran una melodía fúnebre solo para ellos.

Volvió a centrar su atención en Daniela, buscando en ella ese punto de anclaje que siempre le ofrecía su irreverente amiga.


La taza de café humeante en sus manos parecía estar a punto de estallar con la tensión del momento. Mario dejó que las palabras se suspendieran en el aire, una pausa dramática jugó con los nervios de ambos.

La mirada de Daniela, normalmente chispeante y desafiante, se mantuvo fija en él, expectante, pero sin rastro del escepticismo que tantos otros habían mostrado.


-Continúa- insistió Dany, con un movimiento casi imperceptible de su cabeza, sus labios curvados en un gesto que era mitad sonrisa, mitad desafío.


Mario entendió que detrás de esa petición latía una promesa silenciosa: no importaba lo que saliera de su boca, Daniela le brindaría refugio contra la incredulidad, así que dejó que su relato pendiera un instante en el silencio cargado, saboreando la pausa teatral que ponía a prueba no solo su propio temple sino también la paciencia de Daniela.


-La otra noche- dijo Mario, con su voz teñida de una confianza recién afianzada-, en el cementerio, experimenté algo que desafía toda lógica.

Mario dejó su taza con un pequeño tintineo sobre el plato, un gesto que parecía marcar el inicio de una confesión.


-Estaba la luna llena, Dany- continuó Mario, con su mirada cargada de una seriedad que raramente le había visto adoptar-. El lugar estaba tan silencioso que podías escuchar el crujir de tus propios pensamiento.


El calor de la taza de café se infiltró por las yemas de los dedos de Mario como un augurio del escrutinio al que se sometería si contaba toda su historia. Las volutas de vapor se elevaban en espirales, pequeños espectros en el contraluz de la cafetería que hacían tangible la tensión del momento.

-Todo comenzó como una visita ordinaria a una tumba olvidada- dijo Mario, con serenidad.

Daniela inclinó ligeramente su cabeza, apenas perceptible, como si temiera romper el hilo delicado de la concentración de su amigo.


-Ahora entiendo a Aquiles cuando a pesar de que Pentesilea estaba muerta, aún así quiere tener algo con ella. La belleza de una mujer muerta es cautivadora- confesó Mario.

A pesar de la naturaleza inverosímil de las palabras que estaba pronunciado Mario, Daniela se mantuvo sin juicio, pero decidió preguntar nuevamente para qué su duda fuera de una vez resuelta.


-¿Estas seguro que si se puede amigo?- volvió a preguntar Daniela-. ¿Hiciste él conjuro para que se apareciera el fantasma de la tumba olvidada? ¿Si era una mujer o se re apareció un hombre y pues...?

La cucharilla que tenía Mario en su mano izquierda, hizo un último giro en la taza, trazando remolinos en el oscuro brebaje antes de ser depositada con suavidad sobre la servilleta. La plata contra el color negro de la servilleta creó un contraste tan marcado como la frontera entre la vida y la muerte, lo tangible y lo etéreo.

-Si Daniela era el fantasma de una mujer lo que apareció en mi visión al terminar de recitar el conjuro. María Espinoza de Los Monteros era su nombre cuando habitaba este plano- contestó Mario.


Un silencio colmó la cafetería, las palabras de Mario flotaban en el aire como las partículas de polvo danzantes en los rayos de luz que se filtraban por la ventana. El mundo parecía esperar la reacción de Daniela, quien, con una mezcla de curiosidad y nerviosismo, intentaba digerir la verdad que su amigo le había presentado.

-¡Woww!- exclamó Dany, rompiendo la quietud con un tono que distorsionó brevemente la solemnidad de la conversación-. ¿Y, cómo era? ¿Estaba flaca? Me imagino que en los huesos- bromeó, tratando de inyectar un toque de ligereza a la densa atmósfera que Mario había tejido con sus revelaciones.


-Quieres dejar de jugar con esto- dijo Mario, con voz suave pero firme, como si estuviera acariciando y al mismo tiempo reprendiendo una verdad delicada-. Realmente fue una suerte haber seleccionado la tumba de María y que el conjuro resultara, porque ella fue y será mi alma gemela, eso lo supe cuando me contó su historia.

-¿De qué hablas, amigo?- preguntó con seriedad Daniela-. ¿Estás diciéndome que te enamoraste de una fantasma?

Mario no parpadeó, ni siquiera un atisbo de duda pasó por su semblante. En ese momento, estaba claro que para él, lo que había vivido trascendía la realidad misma, y que lo que sentía era tan tangible como la taza de café que aguardaba frente a él, indiferente a la leyes naturales que regían el mundo de los vivos.


-Maria me confesó que ella y yo fuimos marido y mujer en una vida anterior- dijo Mario, como si cada palabra pronunciada le costara un pedazo de alma. Las sílabas vibraban en el aire, colmadas de convicción y melancolía.

Daniela lo miró, con ojos que danzaban entre la incredulidad y una compasión teñida de ironía. Se recostó en su silla, cruzó los brazos y dejó escapar un suspiro que rozó los bordes de la paciencia.

-Ay por favor, seguro eso se los dice a todos los ingenuos como tú que van y ...- dijo Daniela con un tono ligeramente burlón.


No Daniela, tienes que creerme- dijo Mario, con una voz que pretendía ser firme, pero temblaba ligeramente. Yo lo sentí y si, el amor es más fuerte que la muerte.

Las últimas palabras de Mario se elevaron por encima de la música ambiental de la cafetería y marcaron un ritmo solemne a su confesión.

Daniela soltó una carcajada breve y aguda, un contrapunto a la gravedad de Mario.


-Bueno, y el sexo ni se diga- dijo Dany, con ironía.

El silencio se extendió entre los dos amigos por una instante, mi puente tenue sobre un abismo de incredulidad. Mario inhaló profundamente, preparándose para entregar su verdad final, esa que no requería confirmación ni aceptación ajena. Estaba a punto de liberar las palabras cuando la sombra de una figura interrumpió la luz que se filtraba hasta su mesa.

Era el camarero, que se deslizó entre las mesas con la gracia de quien ha recorrido ese mismo camino mil veces antes.


En su mano, contrastaba con la blancura del plato, un sobre amarillento y arrugado por el tiempo. Con un gesto sutil. lo depositó junto a la nueva taza de café que colocó frente a Mario, sus ojos aún ignorantes del peso que traía ese papel.

-Disculpe, señor, pero esto lleva años guardado en el cajón perdido de esta cafetería, con la instrucción de entregárselo hoy, a esta hora exacta, y sólo a usted -dijo el mesero, con una voz tan afable como su sonrisa, imperturbable ante la solemnidad que emanaba de la mesa de los amigos.

-Pero, ¿cómo?- preguntó Mario. mientras parpadeó desconcertado-. Si es la primera vez que venimos aquí.

La pregunta de Mario era más un susurro que una demanda, sus ojos buscaban en el rostro del mesero alguna señal que le ayudara a comprender.

-Ustedes sí es la primera vez que vienen, pero todos los día viene aquí una chica muy delgada, preguntando si usted ya vino para poder darle el sobre del cajón- reveló el mesero, con tono casual, como si comentara el clima en lugar de entrelazar destinos.


Con manos temblorosas, Mario tomó el sobre, observó desconcertado como su nombre resaltaba en la caligrafía arcaica. La sorpresa había encontrado un camino en su rostro, replicando en Daniela, quien ahora sí mostraba el asombro que todo este tiempo había sabido disimular.

-Gracias- murmuró Mario con un hilo de voz, apenas audible sobre el murmullo suave del estacionamiento que seguía su cauce cotidiano, mientras el camarero se alejaba.

El sobre parecía palpitante, como si cada fibra del papel amarillento fuese un latido de un corazón antiguo. Mario lo sostuvo entre sus dedos temblorosos, y aunque la cafetería continuaba siendo un remanso de cotidianidad, para él y Daniela, el entorno había mudado a un escenario donde los imposible tomaba forma.


Mario extrajo con delicadeza una hoja de papel, tan frágil como si el tiempo hubiera intentado robarle todo color y fortaleza, pero había fallado. Sus ojos devoraron las palabras, cada letra impregnada con la esencia de María Espinoza de Los Monteros, la mujer que había cruzado las barreras de la muerte para recordarle un fragmento de su vida que él mismo busco desenterrar.

-¡Woww!- exclamó Daniela, mientras lágrimas de amor brotaban de los ojos de Mario.


FIN.


Escrito por Lisi Esnaurrizar



 
 
 

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